Yo voy a la Huelga

YO VOY A LA HUELGA

Texto leído en el acto de apoyo a la huelga general de trabajadores de la cultura y la enseñanza convocado por UGT y CCOO el 22 de septiembre en Sevilla.

Juan Torres López (www.juantorreslopez.com). Catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Sevilla.
Queridas amigas y amigos:

Agradezco a UGT y Comisiones Obreras la oportunidad de dirigirme a ustedes para apoyar la convocatoria de huelga del día 29.

Yo soy un modesto científico social. Me dedico a estudiar la realidad económica, analizo lo que veo y publico mis conclusiones. A eso se añade, naturalmente, que soy un ciudadano más, un ser humano con convicciones, con ideales, con sentimientos, emociones y preferencias, como también las tienen el gobernador del Banco de España o los economistas liberales, aunque éstos suelen decir que están libres de valores y que sólo hablan como técnicos objetivos, qué casualidad, siempre que proponen medidas que perjudican a las clases trabajadoras.

Pues bien, es como científico social y como ciudadano como puedo hablarles.
Como científico social vengo analizando desde hace años la situación económica internacional y sus efectos sobre la economía española. Mis análisis me llevaron a predecir que iba a producirse una crisis como la que estamos viviendo. Por cierto, justamente lo contrario de lo que pasó con los que ahora nos dicen que tienen la solución segura y obligada para salir de ella: no solo no la predijeron sino que decían, incluso a finales de 2007, que las cosas iban magníficamente.

Disculpen que sea quizá algo inmodesto y me cite a mí mismo. Verán, el 10 de septiembre de 2007 yo escribí lo siguiente:

“aunque la crisis se inicie en el mercado hipotecario de un país, en este caso de Estados Unidos, es completamente seguro que se extenderá por todo el globo terráqueo… Si hubiera que apostar, yo más bien lo haría por unos meses largos de inestabilidad profunda, de sobresaltos y de pérdida de vigor económico. El sector inmobiliario, en primer lugar, saltará próximamente por los aires en los países, como España, en donde ha generado burbujas especulativas; y detrás de él, quizá algunos ámbitos del sector bancario y financiero. Tras de lo cual es inevitable que venga una nueva fase recesiva que puede ser duradera si no se adoptan medidas de choque rápidas y contundentes en forma, principalmente, de incremento del gasto”.

Pues bien, exactamente por aquellos mismos días el Fondo Monetario Internacional afirmaba en un informe que “lo que nos parece más probable es que el vigoroso crecimiento mundial perdure”, “comparando los datos actuales con los de septiembre de 2006 no hay tantas razones para preocuparse por la economía mundial”.

Y el entonces su director gerente, el español Rodrigo Rato, decía unos días antes que yo que “seguimos previendo por ahora que la economía mundial mantendrá su buena marcha” y que sus proyecciones apuntaban “a un crecimiento mundial sostenido” (doy más muestras de estos patinazos en mi libro La crisis de las hipotecas basura. ¿Por qué se cayó todo y no se han hundido nada que saldrá a la calle en unas semanas publicado por Editorial Sequitur)?

Les digo esto para que comprueben ustedes que entonces engañaron a la ciudadanía. Y lo que también quiero decirles a continuación es que exactamente igual que la engañaron entonces, la están engañando ahora.

Se desencadenó una crisis por la torpeza de esas instituciones y de las personas que nos gobernaban, porque no supieron o no quisieren prevenirla, como acabamos de ver; por su complicidad, porque dejaron hacer y deshacer a los bancos y a los especuladores para que ganaran cientos de miles de millones de euros que dedicaban, prácticamente sin pagar ni uno solo en impuestos, a seguir especulando.

Para hacerle frente dedicaron billones de euros a salvar a los bancos, a permitirles que sigan haciendo lo que quieran, sin cambiar ni una sola coma de las normas que siguen permitiendo la especulación generalizada y la acumulación ingente de riesgo. Es decir, dando lugar a que dentro de muy poco, y créanme ustedes que desgraciadamente voy a acertar de nuevo, se provoque otro cataclismo financiero y económico.

Para evitar que se hundieran las economías los gobiernos tuvieron que endeudarse y se volvieron a poner en manos de los bancos privados, porque sus cómplices, las autoridades de los bancos centrales, sobre todo en Europa, no ayudaron a los gobiernos, es decir, a los pueblos, con la misma generosidad con que lo hacen con los bancos.
Y así fue como los financieros que hace unos meses estaban contra las cuerdas han recobrado de nuevo todo su poder político y de extorsión que ahora usan para imponer medidas de ajuste a los gobiernos. Y las imponen como ellos saben, mintiendo una vez más.

Mienten porque no es verdad que las medidas de ajuste y de recorte social que están llevando a cabo sean las adecuadas para salir de la crisis. Si la economía se ha venido abajo es por falta de fuelle, de financiación, de recursos y de demanda. Por tanto, hacer lo que propone el gobierno neoliberal de la Unión Europea y lo que aplica el español es justo lo contrario de lo que se necesitaría para volver a darle impulso.

Mienten porque no es verdad que con estas medidas vayan a recuperar a las economías sino que van a hundirlas más. La banca y las grandes empresas no dependen tanto de la demanda que están restringiendo recortando el gasto público y los salarios porque tienen un gran poder y mantienen sus mercados cautivos (¿quién va a dejar de pagar a Movistar o la hipoteca del banco si su sueldo baja un 5%?) y hacen más negocio asegurándose que se pague la deuda y poniendo en marcha nuevos servicios privados en lugar de los públicos que poco a poco se vendrán abajo. Pero la situación de las pequeñas y medianas empresas, que son las que mantienen más del 90% del empleo total es la contraria porque dependen mucho más del gasto que proviene principalmente de los salarios.

Mienten porque no es verdad que la reforma laboral sea necesaria para salir de la crisis y ni siquiera para crear empleo. La creación de empleo depende de que haya demanda y de que las pequeñas y medianas empresas (que como acabo de decir crean la inmensa mayoría del empleo en España) dispongan de financiación para producir y de que luego vendan lo que producen. Ni quienes defienden la reforma laboral se han atrevido a decir que esta reforma vaya a crear empleo: unos dicen que lo creará más adelante, otros que sirve para aumentar la productividad, otros que para bajar la temporalidad… ¡valiente equipo de médicos que coinciden en la terapia (¡qué casualidad!) de quitarle la cartera al enfermo pero que luego cada uno dice que esa medicina servirá para una cosa distinta.

Mienten porque no es verdad que reformas laborales como la de ahora creen empleo. No han creado empleo nunca en  ninguno de los países en los que se ha llevado a cabo. Lo que hacen estas reformas es lesionar y limitar los derechos laborales y lo que se conseguirá ahora será reducir salarios, bajar la calidad del empleo, aumentar el empleo parcial no deseado y que los grandes empresarios puedan negociar más fácilmente las condiciones de trabajo.

Mienten porque no es verdad que sea necesario ir hacia la privatización de las cajas de ahorro para salir de la crisis. Al revés, si la banca privada se dedica a la especulación, a la inversión no productiva, a comprar más bancos por medio mundo perdiendo empleo, tendrá que ser el sector público el que asegure la financiación imprescindible de la actividad económica.

Mienten porque no es verdad que haya que fomentar las pensiones privadas como respuesta a la crisis. ¿Cómo se puede decir que si hay más gente para acudir al médico porque vivimos más, la solución es que se vaya a las consultas menos veces? Lo suyo será, por el contrario, que encontremos fórmulas, que las hay, para disponer de más recursos. Y eso mismo pasa con las pensiones públicas.

Mienten porque no es verdad, en fin, que para obtener recursos públicos haya que reducir el gasto en pensiones, en educación, e  investigación, en gasto social en general.
Como ha señalado el Sindicato de Técnicos de Hacienda (al que supongo que también les gustaría ver desaparecer como a UGT, CCOO, ELA, CGT y cualquier otro que diga las cosas claras para defender a los trabajadores), reduciendo la economía sumergida de nuestro país (donde sólo en impuestos y cuotas de la Seguridad Social se defraudan cada año 88.000 millones de euros) a la media europea se obtendrían 38.000 millones de ingresos adicionales. Prohibiendo operaciones al descubierto contra la Deuda Pública española y el euro en los mercados financieros se ahorrarían 1.403 millones de euros al año. Aumentando 5 puntos en el tipo impositivo de 295 entidades bancarias se recaudarían 1.285 millones. Es decir, más o menos lo que se obtuvo de la rebaja del sueldo de los funcionarios, con la diferencia de que ésta disminuye el consumo y las ganancias de los banca no. Recuperando el Impuesto de Patrimonio de las grandes fortunas se obtendrían 1.240 millones cada año. Y eso por no hablar del gasto militar o el que se dedica a la Iglesia o a subvenciones a las grandes empresas y fortunas.

Mienten, pues, cuando dicen que los recortes que realizan son los únicos posibles y los que más convienen a las clases trabajadoras.

Están engañando a la ciudadanía. Afirman que aplican medidas como imprescindibles cuando se trata de las que mejor le convienen a los poderosos y a las clases más ricas, las del mismo tipo que han provocado la crisis.

No es verdad que estén tratando de salir de la crisis y de evitar que se vuelva a producir sino que buscan aumentar sus privilegios a costa de reducir los derechos laborales y sociales.

Esto es lo que puedo decirles como científico social. No hay ni una razón que rigurosamente pueda convalidar las propuestas del gobierno como medidas que objetivamente y ciertamente vayan a producir el efecto que dicen que van a producir. Lo que sabemos por el análisis económico y por la experiencia nos dice que, por el contrario, es más realista pensar que van a frenar la recuperación y que lo que con certeza van a generar es un incremento de la desigualdad y del malestar social. De hecho, ya en 2009 ha aumentado en España en un millón el número de pobres, y en un 12% el número de personas que tienen más de 1 millón de euros de patrimonio.

Como científico social tengo, por tanto, una razón muy poderosa para ir a la huelga: nadie con dignidad puede callar cuando oye mentiras, cuando sabe que lo están engañando para quitarle la riqueza, el salario y el bienestar, a él o ella y a sus hijos, o al resto de sus conciudadanos.

Pero déjenme que también les hable como ciudadano, desde mis preferencias éticas y desde mis emociones.

Todas estas medidas no solo van a producir el efecto económico que les he anticipado. Significan también una merma evidente de los derechos sociales, de la capacidad de negociación de los trabajadores, es decir, de los que ya de por sí tienen menos poder y menos capacidad de decisión. La prueba de ello es el acoso tan grande que se lleva  a cabo  contra los convocantes de la huelga que es, no se olvide, un derecho constitucional.
Y yo, como ciudadano, quiero estar al lado de los más débiles, de los que tienen menos defensas. Porque creo que lo necesitan y porque creo que hay que parar los pies a los que mandan demasiado, a los banqueros que no se hartan de ganar dinero aunque así lleven a la ruina a medio mundo, porque creo que hay que decir que estamos hartos de que los gobiernos representativos sigan a los pies de los mercados.

Y, aunque a veces me haya parecido que los sindicatos han tenido actitudes demasiado acomodaticias que igual han dado lugar a que lleguemos a donde ahora estamos, voy a la huelga que convocan porque tengo la convicción de que son una pieza esencial de la democracia para defender a los trabajadores. Y porque, cuando quieren acabar con ellos como ahora, hay que estar a su lado para evitar ese ataque que solo puede calificarse como de auténtico peligro fascista.

Y para terminar, permítanme que les llame la atención sobre algo que me parece importante.

Desde el mismo momento en que los sindicatos convocaron la huelga general del 29 de septiembre, los medios de comunicación, los periodistas y dirigentes de derechas, los economistas liberales… comenzaron a decir que no había razones para convocarla.
Poco a poco, los sindicalistas y las personas que apoyamos la huelga hemos tratado de ir explicándolas y a pesar de que no contamos ni mucho menos con las mismas plataformas que todos ellos, lo cierto es que han tenido que cambiar de discurso. Cuando ya se ha hablado con docenas de miles de trabajadores sobre la reforma laboral y mucha más gente sabe de verdad en qué consiste, no se puede seguir diciendo que no hay razones para convocar una protesta contra ella. Ahora reconocen que, bueno, sí, que puede haberlas para convocar una huelga pero que, en todo caso, no va a tener efecto, que será inútil y que todo seguirá igual al día siguiente.

Es curioso, si la huelga del día 29 no va servir para nada, si al día siguiente todo va a seguir igual ¿por qué se preocupan entonces tanto por ella, por qué gastan tanta tinta y tantos discursos en descalificarla? Si esta huelga es tan inútil, ¿a qué viene tanta crítica a los sindicatos por convocarla? Si es inocua ¿qué importancia tiene, por qué no dejan en paz a la gente que quiere hacerla si al día siguiente nadie habrá notado nada?

Hay mucha falacia en los argumentos de quienes tratan de desactivar la huelga de esta forma. No hay un solo derecho laboral o social que se haya regalado a los trabajadores, que no haya sido el resultado de luchas y de huelgas. Si no se hubieran hecho, aún seguiríamos en las cavernas. Si a lo largo de la historia ha habido algo útil es la movilización social y las huelgas. Lo inútil hoy día, como antes en tantas ocasiones, sería dejar que se siguieran aplicando recortes a los derechos sociales y laborales sin decir nada. Y para defenderlos lo que hay que hacer es exactamente lo mismo que se hizo para conquistarlos: movilizarse y reclamarlos, ahora, mediante la huelga del día 29.

Es verdad que una huelga puede tener más o menos éxito a la hora de conseguir el resultado que se propone (echar atrás, en este caso, la reforma laboral). Unas huelgas han logrado sus efectos de modo inmediato, otras más tarde, pero las únicas huelgas completamente inútiles han sido las que no se han hecho.

También se afirma que la huelga será inútil porque el gobierno no cambiará de postura. Una razonamiento que realmente parece surrealista que se haga en un país que tiene un presidente que antes incluso de tomar posesión como tal ya había dado la orden de retirar las tropas de Irak precisamente para responder a la movilización social que lo pedía constantemente. ¿Acaso habría podido hacer eso Zapatero sin la presión anterior de millones de personas en las calles?

¿Por qué los que salen a la calle y llaman a la gente a salir para otras cosas dicen que es inútil que sean los trabajadores quienes lo hagan para defender sus derechos? ¿No es bastante evidente que saben que eso no es inútil sino todo lo contrario, que temen que lo hagan porque saben que así antes o después lograrán evitar que se tomen esas decisiones?
Por todas estas razones les digo que yo voy a la huelga y hago lo que me han dicho que haga, concluir el acto. Pero no. El acto no concluye aquí. Yo les cedo ahora la palabra a todos ustedes para que salgan a la calle y hablen con la gente, para que hagan un esfuerzo máximo para explicar lo que está pasando ahora con la reforma laboral y lo que preparan más tarde con las pensiones o con los servicios públicos.

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