El delirio del gobierno ultraconservador polaco

El gobierno polaco, con un pie en el estribo de la despedida, acaba de dar un paso hacia el ayer echando por la borda la cacareada capacidad del capitalismo para negociar sus contradicciones y reciclar a su favor las fuerzas y símbolos que lo desafíen. Desde el pasado 8 de junio, “bajo penas de prisión y multas” se han declarado fuera de ley las imágenes “que hagan propaganda a las ideologías criminales”, entre ellas la bandera roja, la hoz y el martillo, y los rostros de Lenin y del Che.

La nueva ley polaca provocaría una carcajada si no fuera por lo siniestro que se adivina tras esta decisión de una derecha teocrática y parroquial. Nada más didáctico que cuando se transparentan los mecanismos de coerción y violencia del capitalismo, abandonadas las tradicionales mantras sobre libertades y derechos infinitos. Tras organizar golpes de estado, invasiones, escuadrones de la muerte, cárceles secretas, subversión y cambio de regímenes, ahora le toca el turno a la guerra cultural, a la represión de los símbolos y las ideas.

Este ukase incivil ha sido rápidamente aplaudido por las cheers leaders de la contra cubana. No en vano, entre las brumas de su odio decadente y su derrota histórica, mantienen actualizadas listas de los monumentos revolucionarios a dinamitar tras la “liberación de la isla”, una vez que haya pasado la 82 División Aerotransportada del ejército yanqui, y transcurridos los “tres días con licencia para matar” que vienen pidiendo.

Casi siempre, prohibir expresa una derrota política y moral. Es imponer en la sociedad, por la fuerza, lo que no se ha logrado por la razón y el consenso. Ni el capitalismo ni el socialismo, no hablando ya del feudalismo o el esclavismo, han escapado a la necesidad y la tentación de prohibir y censurar. Hasta hoy, con mayor o menor grado de violencia organizada, así ha transcurrido la historia de la Humanidad, que no es otra cosa que la historia de la lucha de c lases. Pero esta decisión del gobierno polaco, que no tiene precedentes ni siquiera en tiempos de la Guerra Fría y el McCarthismo, deja en pelotas a los ideólogos cínicos de la burguesía , esos que siempre nos presentaron su reinado como el milenio prometido de paz y tolerancia. Y es que nos habían dicho que estábamos en la era Obama, la del “soft and smart power”.

Si la derecha enragée polaca se ha visto obligada a amenazar con castigos tremebundos a los jóvenes que llevan sobre sus pechos esos símbolos, es porque no pocos lo hacen. Nadie patea a un perro muerto. Y si lo llevan, es señal de que los necesitan. Aún cuando lo hagan desprovistos de conciencia política: son capaces de intuir que “esas imágenes”, hoy malditas por el odio y la revancha, son símbolos de rebeldía y les encanta observar que despiertan inquietud y aprehensión en una sociedad que está lejos de ser la que ellos desean. Y precisamente esa dialéctica explica su inevitable derrota: contra la vida no se legisla, pues ella saltará cualquier barrera.

Quien desee que los símbolos de la lucha de los oprimidos, de los humillados y ofendidos, dejen de tener significado, que luche por erradicar la opresión.

No hay colores ni símbolos buenos o malos, todo depende del uso que se les dé. Para muchos, la cruz cristiana remite al sacrificio de Cristo por la redención del hombre; para otros es el recuerdo de las banderas que asolaron y diezmaron poblaciones enteras durante las Cruzadas o en el exterminio de los pueblos aborígenes americanos, incluso, cuando se condenaba a la hoguera a miles de personas en la propia Europa, por pensar o actuar diferente. La bandera de los Estados Unidos puede ser una promesa de libertad; pero no piensan lo mismo los vietnamitas que vieron desaparecer a cuatro millones de seres queridos bajo el plomo y las bombas lanzadas desde aviones que la llevaban pintadas en su fuselaje. No creo que tampoco los iraquíes tengan una opinión uná nime al respecto: la cuenta de muertos tras la invasión ya supera el millón.

Cuando los pretorianos reprimían, el Mesías se empezó a simbolizar mediante un pez o un cordero pascual. Pero la fe, lejos de debilitarse, siguió creciendo.

En Monroe, cerca de Cincinnatti, un rayo acaba de destruir una inmensa estatua de Jesús. Este piadoso gobierno polaco, ¿será capaz de prohibir las nubes?

¿Y las barbas y las melenas? ¿Y los nombres de Karl o Vladimir? ¿Y las boinas y las estrellas?

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